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Como el regalo de los Diez Mandamientos (las diez palabras) estructura nuestra memoria, nuestra tradición, también estructura nuestra responsabilidad frente al gran desafío del mundo actual

traducción de Jorge Enrique López Villada  para Kaire

Angelo Scola

2010-04-29

I. ¿Qué es el Decálogo para los cristianos?

a. Es palabra de Dios.

1. Él es el autor, si bien no todo es comunicado del mismo modo.

2. En virtud de la congruencia in divinis de Palabra y Persona ellas son “espíritu y vida.”

3. A través de su palabra el Señor sostiene el mundo y da existencia a todos los seres del cosmos (Heb 1, 3).

4. La palabra que sale de la boca de Dios “es viva, eficaz [energhes] y más cortante que cualquier espada de doble filo; ella penetra hasta el punto de división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne [kritikos] los sentimientos y los pensamientos del corazón” (Heb 4, 12).

5. Nosotros no alcanzamos a comprender enteramente ni una sola de las Palabras de Dios aunque ellas no están “lejos de nosotros”. “Pues bien, esta palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que tú la lleves a la práctica” (Deut 30, 14).

b. Son los Diez Mandamientos “del Pacto”

1. El Decálogo no puede ser desligado de la Alianza. Debido a que fue proferido y escrito sobre las dos tablas de piedra en una circunstancia histórica bien definida no puede de ningún modo ser eliminado del conjunto de acciones divinas dentro de las cuales fue dado. No se puede por eso mismo aislar y decir que la Alianza consiste únicamente en los “Diez Mandamientos”. No pueden ser arrancados idealísticamente, moralísticamente o espiritualistamente de la historia sagrada y presentados cual canon moral universal, fundamento de una presunta ética global. La sustancia de los “Diez Mandamientos” es la Alianza. Cada uno de ellos posee un sentido histórico comunional que incorpora lo creacional. Por tanto a partir de esta visión se coloca el relieve existencial y ético y no viceversa. Las Tablas fueron puestas dentro del Arca de la Alianza precisamente como demostración que la alianza es el comprehensor. No hay por tanto Alianza sin un contenido, pero no es aquel contenido el que instituye la alianza y la fundamenta.

2. Precisamente debido a este estado original los “Diez Mandamientos” siempre remiten a la relación de Alianza que Dios establece con el Pueblo que se ha escogido. El principio del “haremos” y del “escucharemos” (Es 24, 7) es la premisa que Dios ha liberado, ha dado la libertad, ha puesto la circunstancia y otorga la fuerza necesaria. El objetivo de cada “hacer” y “escuchar” es la relación con Él, es Él mismo: “Me besa con besos de Su boca” (Cant 1, 2). La alianza sinaítica ha sido por tanto leída en consonancia con el Cantar de los Cantares.

3. También nosotros los cristianos estamos comprendidos en el Pacto sinaítico porque también es contraído por los “que hoy no están aquí” (Deut 29,14). La exclusividad de la elección hay que conservarla rigurosamente, pero su objetivo, en el designio divino, es la “bendición de todas las familias de los pueblos” (Gen 12, 3) como ya claramente fue expresado en el Pacto abrahamitico y remarcado por los Profetas. Sólo viviendo hasta el fondo la auto teleología de la elección divina el Israel histórico y teológico alcanza su vocación universal presente en la previsión divina desde el principio.

c. Son Palabras dichas y escritas.

No sólo dichas y no sólo escritas.

También para los católicos hay una primacía de la Torah oral sobre la Torah escrita.

En toda la historia sagrada el Señor contrasta siempre y sistemáticamente la repetida tentativa de apropiación y por tanto de absolutización de la palabra escrita o dicha y exige que se escuche Su voz (qol) (cf. Jer 7, 23)

Él tiene que poder decir hoy aquello que quiere decir hoy y aquello que Él tiene que decir hoy no es aquello que dijo ayer, es algo nuevo que el hombre aún no conoce (cf. Is 48, 6-8)

Hay una simetría de un lado entre la pretensión divina de no secuestrar la enseñanza divina y la invitación a permanecer siempre dentro de una viva relación con Él y, de otro lado, la preeminencia otorgada a la Torah oral sobre la Torah escrita en nuestra tradición.

Además, los “Diez Mandamientos” son entregados a un pueblo y por lo tanto a una entidad viviente, y sólo entrando en relación con ello, con su tradición, con su consigna generacional (paradosis) se podrá tener acceso al sentido vital de la palabra ya dicha y ya escrita. La realidad de pueblo supone una generación común y no se puede hacer parte de su patrimonio sin entrar en la dinámica generativa, casi por extrapolación de los extractos. El pueblo de Dios es un pueblo sui generis (Pablo VI).

Vivo está el Señor, viva es la realidad del pueblo, viva es la relación con la Torah, con la enseñanza, con los “Diez Mandamientos.”

El interlocutor de los “Diez Mandamientos” (el ‘tú’ del Señor) es el pueblo en su conjunto y cada individual persona de él. Cuando el Señor dice ”Tu”, el “Yo” de Él no se dirige sólo al pueblo, ni sólo al individuo tomados aisladamente. Las implicaciones de la Alianza comportan la verdad de todos los hombres y todo el hombre al mismo tiempo. Y no sólo esto, sino que esta simultaneidad de implicación personal y social abarca también la modalidad histórica y existencial de la vitalidad de los Mandamientos y del acceso a ellos.

d. La primacía del ‘decir’ subraya el primado de los dos primeros Mandamientos (según la numeración hebrea) sobre los otros.

Ellos gozan de un cuádruple énfasis: 1. En estos dos el Señor se expresa en primera persona (anohi). 2. Todos los restantes Mandamientos dependen de estos dos. 3. Todos los Mandamientos siguientes derivan de éstos. 4. Todos los Mandamientos remiten a éstos, es decir, remiten al Sujeto que habla.

1. El Señor que habla es quien ha obrado la liberación y la libertad es dada por la verdad de la relación, por el amor y el servicio a Él.

2. Si el sujeto que habla no es confiable y por tanto digno de fe, sus expresiones tampoco lo son. Pero quien habla es el “Dios de la verdad” (Sal 30, 6) el “Dios fiel” (Dt 7, 9; Is 65, 16; Os 12, 1) y por lo tanto “verdaderas y estables son todas Sus palabras” (cf. Sal 110, 7). Un único hilo atraviesa el ser fiel, el ser verdadero, el ser consistente y permanente (emuna, emet, amen).

3. En la relación de la Alianza (Yo soy tuyo / Tú eres mío) y por tanto de pertenencia toman cuerpo las enseñanzas, las normas, las prescripciones, los decretos y los mandatos del Señor. Los Mandamientos que siguen a los dos primeros permiten la realización efectiva de estos dos. Sin los restantes los dos primeros no estarían. También desde este punto de vista “Todas estas Palabras” (Ez 20, 1; 24, 8) son una única palabra.

4. Las Palabras tienen sentido en primer lugar como referencia a la Persona y por lo tanto pronunciadas por un Sujeto personal. Cada una de ellas por consiguiente lleva sentido no sólo en su semántica, presente en el diccionario, y por lo tanto de la gramática de la lengua de los hombres, sino sobre todo de la intención divina que les da significado y las amplifica. Los “Diez Mandamientos” son dados, pero no se separan del Señor emancipándose de Él. Ellos están en la tierra como donadas por el Cielo.

II. Significado de los “Diez Mandamientos” en la vida del pueblo de Dios.

Ellos se sitúan entre un ‘antes’ y un ‘después’, entre (a) la acción de liberación “de la casa de la esclavitud” (beth avadim) (Ex 20, 2) y (b) el cumplimiento de la Alianza, que no se da sin un “derramamiento de sangre” (Ex 24, 8; Lev 17, 11; Zac 9, 11).

a. La acción de Dios que precede está en el indicar la acción histórica dentro de la cual todo ocurre y la primacía de la acción divina como también de Su interlocución. Todo procede de aquí. El actuar de Dios pone las condiciones necesarias e inalcanzables de cualquier mistagogía mundana. A partir de la acción de Dios y en la acción de Dios al hombre vuelve a ser posible la escucha y la obediencia.

Después que Dios ha actuado la relación se convierte en la medida de la moral. Ética y relación con Dios se vuelven inseparables. En la memoria de lo que Dios hace y en la observancia de Sus palabras el hombre puede emprender de nuevo el camino del verdadero bien personal y social.

Una prueba de que lo que estamos afirmando es verdad lo encontramos en la diferenciación de los “Diez Mandamientos” respecto a las numerosas reglas (mišpatim) y normas (mizvot) que Moisés dio al pueblo. Tal distinción impide la reducción de los “Diez Mandamientos” al rango de reglas o normas y define la función entre el acto fundamental del consentimiento al Pacto y aquello categorial de la conducta ética. Sin embargo “el Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre” (CCC 2069).

b. La Alianza, por sí misma, pide un “cumplimiento” (milluim en Ex 29 y Lev 8. teleiotes y teleiosis en Heb) que sólo considera el “derramamiento de sangre”.

La legislación cultual es bien distinta de la de los “Diez Mandamientos” pero la dinámica de la Alianza dentro de la cual se sitúa requiere, por ser lo que es, el servicio sacerdotal. Para los católicos este nexo es estructurante.

También la oración de la Shemà parece solicitarlo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu alma, con todas tus fuerzas” (Dt 6, 5). “Con toda tu alma” podría ser traducido como “con toda tu vida” o “hasta si te quitaran la vida” (Berakot, 61 b). Los “Diez Mandamientos” reclaman como parte integral del sacrificio, el ofrecimiento de la vida, de todo uno mismo (“santificación del Nombre”, kiddush tener-Shem).

III. Responsabilidad y desafíos.

a. Es evidente que la primera responsabilidad es la decisión a estar en el Pacto y a vivir en la presencia de la Presencia. Tal responsabilidad siempre va renovada y no posee nunca el rasgo de algo obvio, sino más bien una novedad perenne que es fuente inagotable de estupor y leticia.

b. Se trata por tanto del hacer experiencia del hecho que el Pacto no es cosa del pasado, sino fuente primaria de futuro.

c. Eso comporta una conversión (teshuva) de la vida, de la mente, del corazón. Ello solicita que toda la humanidad del hombre sea llenada. La vida de fe y la vida moral son igualmente encausadas.

d. El yugo de la Torah no hay que llevarlo solos. En el libro del Profeta Sofonías se habla de un servicio del Señor “bajo el mismo yugo” (3,9) “con un solo hombro” (shechem echad, humero uno) es decir, hombro a hombro. Los que acogen la Torah pueden y deben colaborar.

El más grande trabajo que judíos y cristianos pueden realizar juntos “con un solo hombro” es hacer presente la realidad y la potencia del Pacto en la historia de los hombres.

Una vez que históricamente y experiencialmente se haga presente el realismo del Pacto podrá resplandecer el Decálogo con toda su luz.

La modernidad ha establecido en gran medida sus dos separaciones secuenciales: la de las Tablas de la Alianza (de Dios) y aquella de la segunda tabla de la primera. El último paso ha sido el de la reducción de los últimos cinco Mandamientos a prescripciones morales y legales. Esta fase en Occidente está completada y ahora ya ni se tiene en cuenta tampoco el aspecto meramente normativo.

Era fácilmente predecible una línea de desarrollo como ésta. La exaltación de la hermandad tras el asesinato del Padre carecía de fundamento, como lo es el intento de afirmar que las leyes no se basan sobre la autoridad reconocida y reconocible de un Legislador.

Nosotros, judíos y católicos, podemos recordar a todos que no hay moralidad verdadera sin Pacto y que no hay Pacto sin Dios.

e. El Señor que instituye el Pacto es el Creador de cielo y tierra y de todo cuanto se encuentra en ellos. Los que no están dentro del Pacto no pueden ni siquiera, después de la caída de los antepasados, reconocer y respetar la verdad del orden creacional y, en particular, la verdad de la obra del sexto día, la verdad del hombre creado a imagen y semejanza de Dios hombre y mujer.

Hoy, de modo radical, se tiende a negar la verdad creacional del hombre como hombre y mujer.

Esto también lleva a desfigurar la consiguiente paternidad y maternidad. El mandamiento que hace de cremallera entre la primera y segunda Tabla reclama el padre y la madre porque es a través de la vis generationis (fuerza de generación) entregada a la unidad estable entre hombre y mujer, que se perpetúa la relación de Dios con el hombre y, por lo tanto, de la respuesta del hombre hacia Dios, ya sea desde el punto de vista personal, o como realidad de pueblo. Es en efecto a través de la paternidad y la maternidad que cada hombre es introducido en la vida de la cual solamente Dios es el Señor. Pero es en la paternidad y en la maternidad que el pueblo, que está en la Alianza, permanece en el tiempo y en la historia.

La puesta en discusión, a través de la teoría del gender, de la verdad creacional con la cual el Creador ha sellado Su obra (la obra del sexto día es la más cercana al “descanso de Dios”) socava los cimientos: de un lado disuelve el nexo del hombre con Dios, del hombre en cuanto persona y, del otro, rompe la cadena generacional que une las generaciones al Pacto. Negación de la realidad de la Creación y el Pacto, de un solo golpe.

Al principio del tercer milenio es suficientemente claro para nosotros lo que en el Sinaí Dios mismo ha revelado: no se podrá sustentar la verdad de la Creación si no es entrando en el Pacto.

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