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La economía como don e intercambio »

Mercado: una realidad de «cultura dinámica»

Algunas referencias a un replanteamiento de la concepción antropológica implicada en el intercambio económico nos podrían conducir a reformular la idea de mercado. Para encontrar una salida realista y sostenible de la crisis, hay que superar una idea de mercado en cuanto rígido factor natural en favor de lo que realmente es: una realidad de cultura dinámica.

Concebido como rígido factor natural, el mercado se convierte en un lugar de relaciones anónimas e impersonales y, por tanto, en último término indiferentes, de tal modo que acaba vinculado a «las teorías de la “recaída favorable”, que presuponen que todo crecimiento económico, favorecido por el libre mercado, es capaz de producir por sí mismo una mayor equidad e inclusión social en el mundo».

En cambio, una concepción de la economía como don e intercambio responsable entre sujetos en relación exige una concepción muy distinta de la relación entre ética y finanzas, en la que el punto de partida está efectivamente constituido por los sujetos que actúan dentro del mercado y por la densa red de relaciones mediante las cuales cada uno incide potencialmente en la situación de todos los demás.

De hecho, el mercado presenta una interdependencia sólidamente estructurada. Esconderse tras el anonimato, impidiendo mirar de manera realista esa red de relaciones financieras, nos priva del coraje necesario para hablar abiertamente del poder –que es distinto según los sujetos implicados– mediante el cual algunos ejercen una enorme influencia en el sistema de relaciones económicas y financieras, con decisiones y operaciones muy concretas. Las raíces de este poder se encuentran en la capacidad de control, ya sea de recursos materiales (grandes patrimonios) o inmateriales (flujos de información y comunicaciones). Sin subestimar el peso de la dimensión material, hoy reviste una importancia especial el poder ejercido por el control de los recursos inmateriales. Este poder aparentemente “soft” tiene en cambio una gran incidencia en la dimensión material del sistema de interdependencias: la evolución de la economía y las finanzas refleja de hecho las expectativas, las motivaciones y las convicciones que se forman en esa trama cotidiana de relaciones (…).

El «deber» de un riesgo razonable

Por tanto, una perspectiva ética realista, ¿qué pide a los operadores financieros? El coraje de ser sujetos capaces de asumir el riesgo de una acción constructiva, aunque sea en condiciones de incertidumbre. Para garantizar la razonabilidad de este riesgo, hay que tomarse muy en serio no solo las causas de la incertidumbre “sistémica”, sino también las de la incertidumbre relativa a la calidad de las relaciones. Es decir, ¿me puedo fiar? ¿Por qué y cuánto me puedo fiar de mis socios potenciales?

Afrontar el riesgo de una acción constructiva es, por tanto, el primer gran desafío ético ante el cual se encuentran los sujetos, pequeños y grandes, dispuestos a asumir la responsabilidad que deriva de su pequeño o gran poder. Allí donde nadie tiene el coraje de emprender acciones arriesgadas, la incertidumbre objetiva termina bloqueándolo todo en un status quo que se hace cada día más problemático y arriesgado.

Sin embargo, hay que subrayar que una acción arriesgada no es un valor en sí misma. Hace falta que tal acción persiga un objetivo “bueno” y esté fundada en una esperanza razonable, dos factores que permiten no quedar paralizados por el miedo. Esperar no es cuestión de optimismo, es cuestión de virtud. Para esperar hay que tener buenas razones, y las buenas razones solo se hacen evidentes en la acción. Hace falta la acción de personas sinceramente abiertas a la realidad, a la realidad entera: a los recursos materiales e inmateriales que se pueden activar; a las personas, que siempre son un fin y no un medio; a las instituciones.

La virtud es necesaria porque la tentación de apropiarse de la realidad (material e inmaterial, hecha de personas e instituciones), solo para aprovecharse de ella indefinidamente hasta agotarla, siempre está al acecho. Solo cuando se reconoce la realidad por lo que es, es decir, ante todo como un “dato” que recibimos y que siempre remite a otra cosa, a un “posible” no predefinido, podemos ser capaces de captar las indicio positivos, aunque sean débiles. Por ejemplo, un inversor puede arriesgar razonablemente lo que es suyo cuando se da cuenta de las potencialidades de un proyecto, aunque sea pequeño, ideado por un joven. En este caso el indicio es verdaderamente débil, pero para captarlo hay que estar habituado a alzar la mirada más allá de los propios intereses inmediatos, más allá del horizonte chato y narcisista del corto plazo.

En el riesgo, personal y común, de una acción constructiva, cada uno tiene su tarea y su responsabilidad. Y quien posee un gran poder económico y financiero, tiene una responsabilidad mayor.

Terrorismo. La seguridad no es todo »

Largo es el rastro de atentados terroristas que han ensangrentado trágicamente este año. ¿Qué postura podemos asumir, como cristianos, ante esta amenaza que incide profundamente en nuestras vidas?

La primera reacción instintiva es el miedo, que es precisamente el objetivo que busca el terrorismo. Y justo después, la exigencia de un refuerzo en las medidas de seguridad. Pero la seguridad no lo es todo. Por sofisticados que sean los sistemas de defensa, siempre habrá una falla, un talón de Aquiles. Por eso resulta esencial la educación, la cultura y el testimonio. Hay que contestar a la ideología yihadista poniéndose y oponiéndose ante ella.

Como cristianos, nuestra postura consiste ante todo en anunciar a Jesucristo, con más vigor y menos complejos. Jesús no esperó a que las condiciones objetivas de su tiempo mejoraran, sino que generó un sujeto nuevo en la historia.

En nuestra posición está ya también nuestra o-posición. La oposición a cualquier forma de violencia en nombre de Dios, como el Papa Francisco no deja de reclamarnos. Y al mismo tiempo oponerse también al sistema económico que hace que, como países occidentales, cerremos los ojos ante los países que fomentan el discurso del extremismo, con la esperanza de que se trate solo de eso, tan solo un discurso. Pero no. No son solo palabras, son hechos. Y muertos, la mayoría de ellos fuera de Europa. Ya hemos perdido demasiado tiempo vendiendo nuestras convicciones, empezando por la libertad religiosa, a cambio de nuestro moderno plato de lentejas. Y ahora la amenaza es global.

En esta doble toma de posición está la contribución más auténtica que podemos ofrecer a nuestros hermanos musulmanes, que en su gran mayoría contemplan consternados todo lo que está pasando, pero a los que les cuesta articular una alternativa clara, descargando demasiado a menudo la responsabilidad tan solo en las condiciones, aun siendo objetivas, de injusticia económica y social. Ponerse y oponerse. Como la luz que, según Juan, “brilla en las tinieblas y las tinieblas no la pudieron apagar”.

Fragmento de la homilía de Navidad

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Una comunidad de destino para la nueva Europa »

Comunidad de destino y vida social buena. Abro también esta perspectiva pensando en la relación con nuestros hermanos de fe musulmana que viven en Italia, aunque la perspectiva vale también a nivel global, porque me parece una condición inevitable para expresar la dignidad total de la persona, respetando su singularidad y con el deseo de reconocer el peso del otro y de los otros en la propia vida. Yo necesito esta amistad cívica, solidaria y esta comunidad de destino, por eso no puedo dejar de encontrarme con quien forma parte, como yo, de la familia humana, partiendo de la propia fe y cultura, y no puedo acercarme a él si no comparto, con absoluto respeto, esta búsqueda apasionada del sentido esencial de la ciudadanía.
Cuando pienso en la reducción de la ciudadanía a las necesarias formulaciones de los derechos mínimos y sostengo que hace falta ir más allá, quiero poner en evidencia un problema nuestro, no una invención a medida para integrar a nuestros hermanos de otra fe. Pensemos en el problema del ecumenismo en relación con la inmigración. Hay 150.000 niños rumanos que van a las escuelas italianas, procedentes de la confesión ortodoxa de Bucarest.
Hablar de amistad cívica y comunidad de destino significa hablar del destino de todos nosotros, porque no puedo edificar ni construir algo si no es sobre la práctica de convicciones que me permiten estar bien en la sociedad y en el mundo, porque la vida ya lleva consigo su propio peso, como decía Pavese. Debemos recuperar a todos los niveles este alto ideal que, como todos los ideales, a diferencia de las utopías, impacta sobre la realidad y la cambia lentamente en virtud de cómo se implica en él la libertad de cada individuo, de los cuerpos intermedios y de una nación.
Desde este punto di vista, no puedo dejar de referirme a la experiencia del cristianismo europeo, porque es el camino que me permite entender cómo mi hermano musulmán podrá realizar esta operación que el imán Oubrou ha descrito y que además reconduce al origen del islam. Y puedo hacerlo compartiendo esa experiencia de pertenencia no hegemónica, no sectaria, no radical que connota mi historia como hombre: la experiencia de la fe que respiré en casa desde niño, en el pequeño contexto de mi pueblo, en la parroquia y en el oratorio. El elemento de la tradición, en el sentido más potente y noble de la palabra, es el punto de partida no para hacer un discurso sobre las raíces cristianas, que tampoco estaría mal, sino precisamente para mirar al futuro.
Veo la debilidad del Occidente europeo, “la sociedad del cansancio” como la define el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han. Hay que mirar al futuro respetando al menos dos condiciones por lo que se refiere a nosotros los cristianos, pero la posición de diálogo y apertura es posible con todos.
El primer elemento para nosotros, bautizados, es vivir y asumir hasta el fondo, sin selecciones arbitrarias, lo que es el cristianismo, cosa que dejamos de hacer hace demasiado tiempo. El cristianismo no se puede reducir al Evangelio, los sacramentos, el impulso a compartir caritativamente, pues los Misterios de la vida cristiana vividos por Jesús, por María, por los santos y por el pueblo santo de Dios tienen implicaciones valiosísimas que, lo queramos o no, han plasmado a lo largo de los siglos la realidad europea. Por ejemplo, la relación entre hombre y mujer, o la manera de concebir la sociedad civil. Nosotros los cristianos debemos aprender de nuevo a ver estos problemas como implicaciones necesariamente contenidas, aun sujetas a evolución, dentro, por ejemplo, del Misterio de la Trinidad. Pongo a menudo este ejemplo a los jóvenes: hoy nos cuesta pensar en la diferencia sexual porque ya no vemos la incidencia histórica de la Trinidad. No vemos todas las implicaciones concretas del Misterio de la Trinidad. Romano Guardini dice que una convivencia civil plural se puede construir a partir de la contemplación del misterio trinitario, el lugar de la identidad absoluta de tres personas que, en cambio, practican la máxima forma de diferencia posible. Todas las diferencias son superadas por la diferencia de las personas de la Trinidad.
La primera condición, por tanto, es que el cristianismo sea visto en toda la fuerza de su propuesta, libre y no hegemónica, para el futuro, pero debe asumirse en todas sus implicaciones, no según un dualismo sino según la mentalidad y los sentimientos de Cristo, como una condición que en las obligadas y radicales distinciones entre prácticas de vida cristiana y ciudadanía el sujeto vive en unidad. Yo soy uno, en consecuencia no puedo dejar de ver el punto en que estas importantísimas distinciones convergen.
La segunda condición es que todo esto sucede en una sociedad plural, que pide a todos superar una actitud hegemónica de presencia social. Puedo entender que la política partidista apunte hacia la hegemonía, aunque en este caso nunca supera el riesgo de caer en la utopía y por tanto en la violencia. Pero en la propuesta de una amistad cívica que descienda de una comunión de destino, el único camino es el testimonio. Es decir, contar, narrar el bien de la propia vida y experiencia, de su pertenencia constitutiva. Narrarlo, dejarlo narrar a otros, impostar un diálogo que yo llamo “diálogo de fecundación”. Siempre me ha llamado la atención la tesis de los padres capadocios, que decían, en tono al siglo IV, que antes del pecado original el hombre nacía por el oído. Una imagen que muestra cómo la fecundidad está en la acogida y en la escucha. Ponerse en juego con lo que se dice, no jugar con estos problemas.
No la hegemonía sino el testimonio y una gran actitud de humildad. Lo digo con una frase de Fethi Benslama cuando habla de los combatientes extranjeros y de los jóvenes radicalizados de la periferia parisina: “Solo se someten a Dios sometiendo a Dios”. Este es un riesgo que también corremos nosotros, aun sin usar la violencia. El hombre bomba, con toda su soberbia, nunca debe ser llamado “mártir” porque el mártir no pasa a través de la sangre de nadie, no viola la sacralidad de nadie, no toca a nadie ni un cabello. El mártir es una bendición hasta para el asesino, porque al ofrecerse en una actitud de don y perdón consigue superar la experiencia del mal injustificable contenido en actos como el atentado del Bataclan. Es la víctima, el mártir es quien abre la puerta a una posible justificación.
Estos días he encontrado una frase del versículo 8 del capítulo 6 del profeta Miqueas muy pertinente: “Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: tan solo practicar el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente con tu Dios”. Este es el estilo del nuevo ciudadano europeo que, lo quiera o no, tendrá que medirse con la interculturalidad y la interreligiosidad. Los miedos se pueden entender, no hay que despreciar sino educar, porque los miedos por sí solos no llevan a ninguna parte en ningún ámbito de la vida humana.
Intervención en la conferencia “Islam en Europa: el desafío de la ciudadanía”, dentro del ciclo “No una época de cambio, sino un cambio de época”.

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“Más que los derechos, importa la libertad” »

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ENTREVISTA AL CARDENAL ANGELO SCOLA, ARZOBISPO DE MILÁN

 

“Existe un pueblo vivo, un núcleo”. Algo duro de roer, parece decir Angelo Scola. Está hablando de la Brianza, enclave italiano que el cardenal ha recorrido en una serie capilar de visitas pastorales por toda la zona. El arzobispo de Milán observa con asombro la confirmación de una “participación activa, no formal” de la gente en estos encuentros, signo tangible no de un clericalismo sino de una “pregunta por el sentido” que late y se afianza en hombres y mujeres.

Eminencia, ha dicho usted que para el cristiano “la misión no es estrategia”, ¿qué significa?

Que la misión es testimonio. Lo vemos leyendo el Evangelio. Para cumplir la misión que le confía el Padre, Jesús no elabora estrategias sino que propone con su autoridad una vida, un tipo de relación plenamente humana, cuya fuente está en su relación con el Padre, que los suyos serán luego llamados a comunicar por todo el mundo. Él implica a todos, empezando por los apóstoles, en una creciente, concretísima familiaridad con su persona. No hay nada estratégico, ni para los individuos ni para las comunidades cristianas, ni siquiera cuando surgen las primeras exigencias “institucionales”, como describe el célebre pasaje de los Hechos que nos habla de la primera comunidad de Jerusalén. Reunirse para vivir la cena eucarística y para escuchar la enseñanza de los apóstoles, así como la tensión a vivir la comunión, son todos elementos concretos muy arraigados en lo cotidiano para comunicar, de manera libre y espontánea, un tipo de vida. Porque cada uno de nosotros comunica lo que es. Pero el testimonio no se puede reducir al buen ejemplo: es una forma de conocer adecuadamente la realidad, es decir, de comunicar la verdad. Esta es la verdadera razón de ser del cristianismo, es la modalidad con que el cristianismo intenta hablar a todos los hombres. El cristianismo, si es fiel a su naturaleza, nunca tiene miras hegemónicas. Estas, en cambio, se desarrollan fácilmente en el terreno de la ideología o de la utopía. En ciertos momentos, la Iglesia también ha sido víctima de ello, pero en su esencia el cristianismo incide en la historia cuando permanece en esta posición testimonial. El resultado de la obra que el Padre confía a sus hijos, a partir de la Cruz de Jesús, nunca está en sus manos.

Esta definición de misión, ¿no lleva a una especie de retirada, a una concepción privada de la fe?

En absoluto, porque el cristianismo –como afirmó en una ocasión el cardenal Ratzinger– por el mero hecho de decirle al hombre quién es y cómo vivir ya genera cultura. Juan Pablo II observó que “una fe que no se hace cultura no es madura, y sobre todo no se comunica”. El testimonio expresa la modalidad con que esta fe se hace cultura. No para conquistar un poder sino para comunicar un atractivo encontrado como sentido de la vida y que no se puede mantener por sí mismo. Todos hablan de principios, de valores, pero estos se quedan en el papel. Yo prefiero decir que la fe tiene implicaciones antropológicas, sociales, ecológicas, que en una sociedad plural entran en relación con otras visiones del mundo. Los cristianos están llamados a llevar su testimonio público utilizando también las formas jurídicas, económicas, culturales y sociales de que dispone, con el coraje de confrontarse mediante una narración continua con los demás sujetos que habitan en esta sociedad, en vista de un reconocimiento mutuo. Si yo estoy convencido de que una sociedad es sana cuando se fundamenta sobre una familia como unión estable y abierta a la vida entre un hombre y una mujer, tengo el deber de proponer esta visión, más aún en una sociedad plural. Si no la propongo, le quito algo a esta sociedad. No me gusta el lenguaje de la militancia, lo considero totalmente superado en nuestra sociedad. Desde este punto de vista, me parece que la posición del Papa Francisco resulta muy eficaz.

¿Qué ha visto en la Brianza durante estas semanas de visitas pastorales?

Un núcleo de pueblo aún muy sólido, que vive un sensus fidei elemental, originario y poderoso, del que aprendo mucho. Pero, como decía el beato Pablo VI, esta fe al salir de la iglesia y entrar en la vida cotidiana no siempre consigue asumir la “mentalidad y los sentimientos” de Cristo. Recuperando una famosa imagen suya, debemos colmar el foso que separa la fe y la vida, para pasar de la fe por convención a la fe por convicción, para poder decir con sencillez a cualquiera: “Ven a ver”, como dijo Jesús a Juan y Andrés. Este es el filo de la espada en el que nos movemos.

Ocho de los ayuntamientos de la Brianza irán a votar en menos de un mes, ¿qué espera y qué pide a los cristianos?

Como hemos querido decir en nombre de todo el Consejo Episcopal Milanés en el documento publicado con motivo de las próximas elecciones, este tiempo lleva consigo una urgente invitación a los cristianos a ponerse en juego seriamente desde dentro de la política, también y sobre todo de cara a las elecciones administrativas. Nunca ha sido tan actual la famosa frase del Papa Montini que consideraba la política como la forma más alta de caridad. Hace falta eso que llamamos “vida buena”. Los “diálogos de vida buena” que se están desarrollando en la diócesis de Milán han suscitado un gran interés en todos. No hay otro camino fuera de una amistad cívica en la que, como decía Edith Stein, amor y verdad son inseparables. Además el llamamiento recientemente suscrito prácticamente por todas las realidades eclesiales y los movimientos en la diócesis es un acontecimiento histórico que, en esta perspectiva, juzgo como muy positivo.

Usted ha firmado el prólogo de una edición de la “Amoris laetitia”, la exhortación post-sinodal del Papa Francisco. ¿Cuál es el corazón de este documento y por qué cree que ha sido tan discutida en el ámbito laico?

El objetivo central de este gran trabajo que ha llevado dos años es promover la familia como “sujeto de evangelización”, es decir del anuncio y del testimonio de Jesucristo. Los capítulos se desarrollan para fundar esta vocación misionera insustituible. Todos los grupos familiares, que desarrollan una acción excelente, están llamados a pasar de los locales de la parroquia y de las asociaciones a la “iglesia doméstica”, es decir, allí donde se afronta la vida cotidiana. Jesús se encarnó para ser una compañía que nos guía al destino: afectos, trabajo, descanso, dolor, mal moral, muerte, educación, justicia social están contenidos en la vida de cada uno, y la misión es vivir estos datos en Cristo. A cada persona, a cada familia –en primera persona y con otros núcleos– corresponde la tarea de sostenerse en el valorar y juzgar todas las circunstancias y relaciones de la vida –fáciles o difíciles– con la mentalidad y los sentimientos de Cristo. Este es también el mejor método para valorar a los fieles laicos como sujetos y no como “clientes” de la Iglesia. Precisamente por esto dedica el Papa dos capítulos al amor nupcial y a la educación de los hijos después de haber anclado en la tradición de la Iglesia la visión cristiana del matrimonio, y después de haber descrito los desafíos actuales de la familia de nuestros días. En esta perspectiva plantea también la cuestión de una actitud positiva de acompañamiento, de discernimiento y de integración de todas las familias heridas que se encuentran en situación problemática. En el texto no veo que haya espacio para otra cosa; otra cosa es cómo los medios han retomado este texto…

Personalmente, ¿cómo ha cambiado este papado su misión?

Debo reconocer, con mucha humildad, que me ha provocado el estilo con que este Papa se mueve. Es un gran testigo de la fe, valiente, radical, autorizado, está a la vista de todos. En la medida de mis posibilidades –san Pablo decía: “Por gracia de Dios soy lo que soy”– intento, sin caer en el ridículo, imitarlo.

Como discípulo y amigo de don Giussani, ¿qué es hoy lo más valioso de su contribución de vida y qué le augura al movimiento de CL?

Don Giussani puso en marcha mi deseo cuando era un joven cansado y al margen de la vida eclesial, y lo hizo con dos factores: primero, Cristo tiene que ver con todo; segundo, para encontrarlo y entregarte a Él hay que pasar por una pertenencia sólida a una comunidad. Junto a estos factores, descubrí el valor insustituible de la encarnación. Nos preguntaba qué tenía que ver Cristo con nosotros, con los compañeros y con las materias de estudio. Una invitación poderosa a arriesgar la propia libertad, fuera del dualismo fe-vida del que hablábamos antes. Yo, educado por mi familia, por la parroquia y hasta los 16 años en la Acción Católica, ya no entendía qué tenía que ver Cristo con Calímaco, con la literatura rusa, con una naturaleza muerta de Cézanne, con la historia del movimiento obrero que nos contaban en el instituto. Gracias a Giussani y a los amigos con los que compartí esta experiencia, recuperé el nexo entre el acontecimiento de Cristo y la vida, y la urgencia de compartir el don total de uno mismo, que es la ley suprema que Jesús nos enseñó. Mi deseo es que CL encarne cada vez más en este cambio de época el carisma del Siervo de Dios Monseñor Giussani que le hizo nacer. Además, espero que todas las realidades eclesiales de la diócesis, después de la etapa dialéctica, sepan abrirse a una colaboración capaz de hacer una propuesta cristiana clara en todos los ámbitos de la existencia humana.

Usted cita muy a menudo la dimensión europea como esencial, pero habla de una Europa cansada. ¿Cuál es el origen de este cansancio, ya que hoy Europa al menos institucionalmente se ve como una jaula?

El problema es el futuro. Desde este punto de vista estoy muy preocupado y triste. Me parece que la cuestión económico-financiera se ha adueñado de todo y eso inevitablemente lleva consigo el riesgo de grandes conflictos entre las economías más avanzadas y la menos, incluso dentro de la Unión Europea. Al decir esto no quiero “idealizar” la cuestión. Después de la Segunda Guerra Mundial, los padres de la UE comenzaron precisamente a partir de lo concreto, del carbón y del acero. El cristianismo es en sí mismo una gran escuela de realismo: hay que partir de las necesidades concretas, como hacía Jesús. Él se inclinó sobre la exigencia de la Samaritana de no ir cada día al pozo a sacar agua, pero a partir de ahí abrió en ella el deseo de saciar una sed mucho más poderosa en su vida.

Eminencia, ¿qué tiene que ver eso con Europa?

Europa debe encontrar el camino para identificar los puntos críticos de necesidad de sus ciudadanos, asumiendo con coraje una responsabilidad hacia todos, sobre todo hacia aquellos que, siendo más débiles, tienen más dificultades. El nuevo ciudadano europeo será inexorablemente el resultado de un mestizaje cultural, pero justamente por eso debe recuperar sus raíces. Rémi Brague insiste en la tesis de la “secundariedad” de Europa: Roma no nació como Alejandría, Jerusalén o Atenas, es decir, de una raíz original propia. Roma se dejó alimentar por aquellas raíces, reviviéndolas con el derecho y también con la linfa del cristianismo, en una nueva perspectiva. La tesis de Brague es sugerente, pero no se ha declinado. Hay que hacerlo, empezando por abajo, por los problemas reales.

¿Por ejemplo?

La caída demográfica, tan rara vez afrontada. Esperemos que Italia se decida a aprobar una política seria de verdad para la familia, para los hijos, para la libertad de educación, etc. En resumen, que se camine hacia una democracia de las libertades realizadas y no solo de los derechos proclamados. Porque cuando estos últimos terminan sobre el papel porque cualquier grupúsculo pretende que sean garantizados por ley, la vida social y el gusto de pertenecer a un pueblo terminan apagándose. Europa debe despertarse desde abajo. Hacen falta hombres y mujeres capaces de captar el ideal en la realidad, porque sin una raíz de sentido lo concreto se hace opaco.

A propósito de concreción, nuestro periódico (Il Cittadino) tiene 116 años y nace de una experiencia parroquial. Hoy, con una personalidad laica, conserva un reclamo actual a la tradición, ¿qué sugiere a los que hacen este trabajo?

Creo que la primera tarea sigue siendo la de narrar la realidad tal como es, sin buscar una falsa objetividad. Pero buscando el lado bueno, respetando la dignidad de las personas, y sobre todo evitando tratar lo verosímil como si fuera lo totalmente verdadero. Lo verosímil comporta siempre un reflejo teñido de sospecha, y este periodismo traiciona a la realidad mucho más que un error.

La lección de esperanza en el drama de los nuevos mártires »

imagende Angelo Card. Scola,
Arzobispo de Milán

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El informe sobre el genocidio cristiano en Oriente Medio presentado recientemente por los “Cavalieri di Colombo”, una asociación de casi 1.800.000 fieles, nacida en Estados Unidos y presente en varios países del mundo, tiene la contundencia de un documento oficial: casi 280 páginas de testimonios sobre la persecución que el Isis ha desencadenado en Oriente Medio en perjuicio de los cristianos y otras minorías religiosas, con una lista de víctimas e iglesias destruidas, y datos de un vergonzoso comercio de esclavos que aún se sigue produciendo. Pero detrás de un tono duro, sin concesiones a los sentimientos, se vislumbra el drama de comunidades enteras, arrancadas de sus tierras.

A los pocos días de publicarse este informe, el secretario de Estado estadounidense, Kerry, a quien iba dirigido, calificó los crímenes de Isis como genocidio, siguiendo la estela de una resolución análoga en el Parlamento europeo. El efecto político que esta declaración podría tener todavía está por ver, pero sin duda en una región –Oriente Medio– donde a veces los hechos parecen diluirse en el prisma de las interpretaciones opuestas, esa lista muda de 1.131 cristianos iraquíes asesinados desde 2013 hasta el 9 de junio de 2014 (es decir, antes de la conquista de Mosul por parte del Isis) cumple ya una función esencial, la memoria, “sin la cual –recordó el Papa Francisco hablando a la nación armenia– el mal todavía mantiene abierta la herida”.

A nosotros, occidentales, esa lista también nos dice que los atentados y la violencia que hoy sacuden a varias metrópolis europeas son el apéndice de ese amargo pan cotidiano que alimenta a poblaciones enteras, de Iraq a Siria, de Afganistán a Somalia, por no hablar de Nigeria, desde hace años. Tomar conciencia genera un movimiento de compasión que no sustituye sino que amplía la reflexión sobre la seguridad. Sin embargo, memoria y compasión, aun siendo importantes, no son suficientes para eliminar el mal. Entonces, ¿cómo no quedar impotentes al recorrer los listados de esas víctimas, y ahora también los de Bruselas y París? ¿Quién les devolverá la vida?

La Pascua avanza desde hace dos mil años una respuesta tenaz: el hombre de la Cruz, al resucitar, “pisotea la muerte de todo mortal común con su singular muerte”. Como dice san Pablo escribiendo a los corintios, “la engulle desde abajo”. Es inútil ocultar la abstracción con que normalmente, también nosotros, cristianos al menos por cultura, rodeamos estas palabras, reduciéndolas a fórmulas vacías (“embrutecidos, anquilosados por generaciones enteras de catecismo”, escribía provocadoramente Charles Péguy en Getsemani). Pero más fuerte que nuestra abstracción se dibuja la provocación de los mártires contemporáneos que, siguiendo la lógica de Cristo y uniéndose a su sacrificio, nos lo hacen presente con una inmediatez a la que –a Dios gracias– resulta difícil sustraerse. Es el caso citado de los cristianos de Iraq o de las cuatro hermanas Misioneras de la Caridad (congregación fundada por la Madre Teresa) asesinadas en Yemen el pasado 4 de marzo. ¿Qué esperanza pudo llevarlas a ir allí de donde todos huían?

Los nuevos mártires nos invitan a mirar al Crucificado para encontrar renovada esperanza a nivel personal, eclesial y social. Su historia, de hecho, como todo testimonio auténtico, posee una imponente dimensión pública, cultural y social, que espera aún ser acogido y valorado adecuadamente. Con su misma existencia, el mártir denuncia el culto a la violencia que se ha extendido en grandes zonas de Oriente Medio y del que hoy se recogen los trágicos frutos. Pero sobre todo desenmascara el contra-testimonio del hombre bomba.

El yihadista que piensa que puede imponer “su verdad” con el sufrimiento de sus víctimas es lo contrario del mártir, es el anti-mártir. Los mártires no fueron a buscar su fin, pero en el momento de la decisión no dudaron: creyeron que el mal no tiene la última palabra. Esa es la certeza de la que ahora tenemos tanta necesidad. En el estruendo de comentarios sobre los dolorosos acontecimientos de Bruselas, estas humildes voces siguen siendo las que nos dicen la palabra más verdadera.

Tres lecciones de los mártires »

imagende Angelo Card. Scola,
Arzobispo de Milán

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“La historia de la Iglesia, la verdadera historia de la Iglesia, es la historia de los santos y los mártires; los mártires perseguidos”. Estas recientes palabras del Papa Francisco recuerdan con especial fuerza el “caso serio” que supone la existencia cristiana; el testimonio al que todo bautizado está llamado, incluso ante la persecución, incluso, si Dios lo pide, ante la efusión de sangre. Es una realidad crudamente prevista en el discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo y confirmada por dos mil años de historia. Pero tocarla hoy con nuestras manos, entre los refugiados de Erbil, como me pasó el pasado mes de junio por invitación de los patriarcas Béchara Raï y Louis Sako, es una experiencia que queda impresa para siempre en la memoria y en el corazón. Introduce una luz nueva con la que mirar los trágicos hechos de Oriente Medio –las llamas de una guerra que no cesa– y su repercusión en una Europa demasiado apática y replegada sobre sí misma, que solo recientemente parece despertar del sopor en que se ha precipitado.

San Máximo el Confesor, citando una expresión paulina (1Cor 2,16), afirma que tener “los pensamientos de Cristo” significa pensar según Cristo, pero sobre todo “pensar en Él en todas las cosas”. Este es el sentido de la Encarnación, este es el genio cristiano. ¿Qué quiere decir entonces tener los pensamientos (la mens) de Cristo respecto a lo que está sucediendo en Oriente Medio? Antes que cualquier consideración geopolítica, económica o estratégica, creo que significa estar delante de una sencilla constatación: en esas tierras se está dando en acto un martirio. Estoy convencido de que este dato, que nos cuesta mirar de frente, tiene una relevancia enorme no solo para la Iglesia, sino también para una comprensión más profunda tanto de la raíz de la persistente conflictividad en Oriente Medio, como de la impotencia en que se debate Occidente. El pensamiento de Cristo es el principio explicativo de la realidad, de toda la realidad, y creo que aquí nos lega tres lecciones.

Un tesoro precioso

La primera se refiere al puesto del martirio en la vida de la Iglesia. Sin duda este no es el lugar para recorrer la larga historia del cristianismo oriental. Otros ya lo han hecho de manera excelente. Pero es un hecho que en las últimas décadas se han dado en esta región del mundo dos fenómenos especialmente trágicos. Por un lado, el intento de construir estados más homogéneos, mediante la absorción y la “normalización” de las minorías étnico-religiosas. Por otro, un decidido retorno del fundamentalismo islamista, que desde los años 60 ha vuelto a introducir un lenguaje religioso y praxis discriminatorias que parecían ya superadas definitivamente. Con mucha dificultad habríamos podido imaginar que, a principios del siglo XXI, se volvería a hablar de “jizya”, el impuesto a los no musulmanes, que se da de tortas con cualquier concepción moderna de igualdad en derechos y deberes. Pero así ha sido, mucho antes de que el Isis se convirtiera en un fenómeno mediático. Luego la caída de muchos estados mediorientales, certificado por las revueltas de 2011, desató el último salto cualitativo, y de la discriminación se pasó a la persecución abierta, que obligó a poblaciones enteras a dejar a toda prisa sus casas para no ser masacrados.

A los historiadores les tocará emitir un juicio sobre este proceso de larga duración, a propósito del cual sin duda también las comunidades cristianas han cometido errores de valoración. Pero hoy lo que más llama la atención son los hechos puros y duros. “Pensemos en nuestros hermanos decapitados en la playa de Libia; en ese chaval quemado vivo por sus compañeros por ser cristiano; en esos inmigrantes lanzados al mar por cristianos; en esos etíopes asesinados por cristianos”.

Estos episodios son en primer lugar una provocación para la fe de cada uno. Infunden nuevo vigor a la tensión hacia la santidad y nos obligan a salir de nosotros mismos. Personalmente, al visitar los campos de refugiados de Erbil, me impresionaron las condiciones de privación radical en que los refugiados cristianos –y de otras minorías perseguidas– están obligados a vivir después de que, ante el amenazador avance de los terroristas, en pocas horas se vieran obligados a abandonar su ciudad, su casa y su trabajo. Sin embargo, en esta durísima situación al límite de lo soportable, he visto en ellos una dignidad admirable. Pero lo que más me sigue interrogando y provocando es la fe extraordinaria que anima su esperanza, incluso ante un futuro que se presenta en suspenso.

Desde nuestra limitada perspectiva, no sabemos medir el efecto de estos testimonios, fuera y dentro de la Iglesia. Solo sabemos una cosa con certeza: son un tesoro demasiado precioso para ser dilapidado. Precisamente por esto me parece especialmente urgente la decisión de dedicar una jornada a los nuevos mártires de Oriente Medio. Sin renegar de las particularidades de cada rito y de las demás iglesias y comunidades cristianas que viven en la región, esta celebración podría asumir la forma de una jornada común a las diversas confesiones cristianas, dedicada a celebrar la memoria de los mártires modernos que, en la variedad de su pertenencia, pagan con la vida su fidelidad a Cristo en nuestros días y en Oriente Medio. La jornada sería además una ocasión providencial para pedir perdón por las divisiones entre cristianos, divisiones que en el pasado llevaron también a conflictos sangrientos entre varias comunidades. Es el ecumenismo de la sangre del que habla tan frecuentemente el Papa Francisco. El momento trágico que vive la región podría convertirse así en una ocasión propicia para superar lo que separa y buscar lo que une. Así, incluso el mal de la persecución podría converger hacia el bien de una unidad mayor.

La verdadera victoria

Sin embargo, la lección que los cristianos orientales dan al mundo entero no es un mero asunto intra-eclesial. Tiene también enseñanzas políticas muy concretas que ofrecer, que permiten descifrar de un modo más profundo el virus que ha destruido países enteros, desde Siria hasta Iraq. ¿Dónde nace de hecho esta enfermedad? En la búsqueda de la victoria a toda costa, mediante la opresión y la aniquilación del adversario. Hoy en Oriente Medio todo es un frenético firmar alianzas, deshacerlas, llamar en auxilio a protectores extranjeros siempre nuevos, en una escalada de violencia que termina retroalimentándose. Pero nunca ha sido tan claro como ahora que esta vía solo conduce a la muerte y a la destrucción. El consecuente proceso de des-humanización afecta sobre todo al “religiosamente distinto”, pero no se detiene ahí. Después de los no musulmanes, les toca a los musulmanes de diversas confesiones (sunitas contra chiítas y viceversa), luego a los musulmanes “desviados”, y finalmente a todos aquellos que no pueden exhibir una perfecta praxis ortodoxa, según un esquema de intolerancia progresiva que ya hemos visto muchas otras veces.

Ante este proyecto, los mártires de nuestros días dicen claramente “¡no!”. No es este el camino para Oriente Medio. Más homogeneidad no significa menos conflictos, porque siempre habrá alguien “más fundamentalista que yo” que intentará plegarme ante su credo. Y no es esta la victoria que perseguimos, incluso a nivel temporal. La verdadera victoria es de hecho la Pascua, el Crucificado Resucitado, que acepta llevar sobre sí el pecado del mundo y con su obediencia destruye el cuerpo del pecado. Una victoria de alcance universal que llega incluso al que no cree.

Actuando así, el mártir desenmascara de raíz el contra-testimonio del yihadista, del hombre-bomba, mostrando dónde se sitúa el error de todo fundamentalismo, en la pretensión de poder romper el inseparable binomio verdad-libertad. Pero no solo lo desenmascara: también lo sana y lo repara. De hecho, si el hombre-bomba cree poder imponer su verdad prescindiendo del sufrimiento de sus víctimas, el mártir, padeciendo lo que debía sufrir el culpable, quita al mal su carácter irreparable. Hay por tanto en esta historia de martirio en nuestros días una relevancia cultural y política de la Cruz Gloriosa que sigue esperando ser plenamente valorada. Eso, entre otras cosas, podría sugerir una nueva forma de presentar este punto capital de la fe cristiana, siempre motivo de escándalo. De hecho, también hoy la lógica de la Cruz gloriosa sigue siendo la única capaz de iluminar hasta el fondo las decisiones políticas. Y los mártires lo testimonian, no con palabras sino con hechos.

Cambio de paso

Pero la durísima prueba que atraviesan las comunidades orientales también pone despiadadamente al desnudo la abdicación de Occidente de sí mismo. Mientras los Estados Unidos contribuían activamente a la desestabilización de Iraq, Europa ha dado pruebas de toda su impotencia en Siria. Traicionando su propia misión histórica de defender la libertad y los llamados “valores europeos” que ahora querría oponer al terrorismo, la Unión ha preferido volver su mirada hacia otra parte. Presa de su narcisismo, ha ignorado el conflicto, salvo ciertas acciones humanitarias en la frontera, ha fingido no ver el rápido ascenso del odio, las cientos de miles de muertes y los millones de desplazados, y solo ha despertado cuando las columnas de refugiados empezaban a llamar a sus fronteras.

Ahora es una emergencia, y la emergencia nunca es buena consejera, porque confunde fenómenos que son distintos: los refugiados, en gran parte procedentes de Oriente Medio, y los inmigrantes por razones económicas, originarios de otros países y para los que deben regir lógicas diferentes, aunque desde el respeto inderogable de la dignidad de toda persona. A pesar de todos los retrasos y cierres, parece que algo por fin se está moviendo a nivel político, para pasar de una gestión al día, a una visión estructural, consciente de que el proceso es demasiado vasto para poder tenerlo bajo control. Pero por lo que respecta a los refugiados, la obligada acogida sigue siendo en todo caso una solución de repliegue. El verdadero objetivo a largo plazo –los obispos orientales no se cansan de repetirlo– es hacer nuevamente de Oriente Medio una región donde todos puedan vivir, donde sea posible tener un futuro.

Como señalan muchas voces, eso probablemente exige en lo inmediato una acción más valiente para detener al agresor injusto. De hecho, “es un derecho de la humanidad, pero es también un derecho del agresor, ser detenido para no seguir haciendo el mal”. Habrá también que tomar en consideración que en muchos casos los años de guerra han producido heridas tan profundas entre las diversas comunidades que hacen difícil imaginar inmediatamente un camino juntos. Y habrá que empezar a hablar del derecho al retorno por parte de los refugiados.

Sin embargo, para que cualquier iniciativa pueda tener ciertas posibilidades de éxito, es absolutamente prioritario dar vida a una suerte de Plan Marshall que garantice la posibilidad de decidir entre quedarse o volver; exactamente igual que pasó en Europa al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando un continente en ruinas encontró en pocos años el camino para renacer de sus cenizas. El enorme poder que la tecnología nos otorga lleva consigo una preocupante capacidad destructiva, de la que Oriente Medio tiene hoy una amarga experiencia. Porque, como escribe el Papa Francisco en la Laudato Si’ (n. 13), “el Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común”.

Ayudemos a Oriente Medio »

imagende Angelo Card. Scola,
Arzobispo de Milán

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«La historia de la Iglesia, la verdadera historia de la Iglesia, es la historia de los santos y los mártires: los mártires perseguidos». Son palabras del Papa Francisco que recuerdan con especial fuerza la “seriedad” de la existencia cristiana: el testimonio al que todo bautizado está llamado, incluso ante la persecución. También, si Dios lo pide, hasta la efusión de sangre. Es una realidad crudamente prevista en el discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo y confirmada por dos mil años de historia. Pero tocarla con la mano, entre los refugiados de Erbil, como me sucedió el pasado mes de junio, es una experiencia que queda impresa para siempre en la memoria y en el corazón. Introduce una luz nueva con la que mirar los trágicos hechos de Oriente Medio y su repercusión en una Europa demasiado apática y replegada sobre sí misma, que solo recientemente parece despertar del sopor en que se había precipitado.

Muy difícilmente se habría podido imaginar que, a principios del siglo XXI, se volvería a hablar de jizya, el impuesto de los no musulmanes, que va en contra de cualquier concepción moderna de igualdad de derechos y deberes. Pero ha sucedido, mucho antes de que el Isis se convirtiera en un fenómeno mediático. Luego la caída de muchos estados mediorientales, certificado por las revueltas de 2011, disparó el último salto de calidad y de la discriminación se dio paso a la abierta persecución, que ha obligado a poblaciones enteras a dejar a toda prisa sus casas para no ser masacrados.

La lección que los cristianos orientales dan al mundo no es un asunto puramente intra-eclesial. Tiene también enseñanzas políticas muy concretas que ofrecer, que permiten descifrar de una forma más profunda el virus que ha destruido países enteros, de Siria a Iraq. ¿Dónde tiene su origen esta enfermedad? En la búsqueda de la victoria a toda costa, mediante la opresión y aniquilación del adversario. Hoy en Oriente Medio todo consiste en un frenético hacer alianzas, deshacerlas, llamar en causa a siempre nuevos protectores extranjeros, en una escalada de violencia que termina autoalimentándose. Pero nunca como ahora ha sido claro que este camino solo conduce a la muerte y a la destrucción. El proceso de “des-humanización” que nace de esto afecta sobre todo al “religiosamente distinto”, pero no se limita a eso. Después de los no musulmanes, les toca a los musulmanes de confesión distinta (sunitas contra chiítas y viceversa), luego a los musulmanes “desviados”, por último a todos aquellos que no pueden presumir de una perfecta praxis ortodoxa, según un esquema de intolerancia progresiva ya visto muchas otras veces.

Frente a este proyecto, los mártires de nuestros días dicen un claro “¡no!”. Este no es el camino para Oriente Medio. Más homogeneidad no significa menos conflictos, porque siempre habrá alguien “más fundamentalista que yo”, que intentará someterme a su credo. No es esta la victoria que perseguir, ni siquiera en el plano temporal. De hecho, la verdadera victoria es la Pascua, el Crucificado Resucitado que acepta llevar sobre sí el pecado del mundo y con su obediencia destruye el cuerpo del pecado. Una victoria de alcance universal que llega también a los que no creen.

Pero la durísima prueba que atraviesan las comunidades cristianas orientales también deja despiadadamente al descubierto la abdicación de Occidente de sí mismo. Mientras los Estados Unidos contribuían activamente a la desestabilización de Iraq, Europa daba pruebas de toda su impotencia en Siria. Traicionando su propia misión histórica de defender la libertad y los llamados “valores europeos” que ahora querría oponer al terrorismo, la UE ha preferido volver la cara hacia otro lado. Presa de su narcisismo, ha ignorado el conflicto, salvo algunas acciones humanitarias en las fronteras, ha fingido no ver el rápido avance del odio sectario, los cientos de miles de muertos y los millones de desplazados, y solo ha despertado cuando las oleadas de refugiados empezaron a llegar a sus fronteras.

Ahora es una emergencia, y la emergencia nunca es buena consejera, porque confunde fenómenos distintos: los refugiados, en gran parte procedentes de Oriente Medio, y los migrantes por razones económicas, originarios de otros países, y para las que deben regir lógicas diferentes, aun respetando indefectiblemente la dignidad de toda persona. A pesar de todos los retrasos y cierres, parece que algo se está moviendo por fin a nivel político, para pasar de una gestión al día a una visión estructural, con la conciencia de que el proceso es demasiado grande para poder tenerlo dominado. Pero por lo que respecta a los refugiados, la obligada acogida sigue siendo igualmente una solución improvisada: el verdadero objetivo a largo plazo –los obispos orientales no se cansan de repetirlo– es hacer de nuevo de Oriente Medio una región en la que todos puedan vivir, donde sea posible tener un futuro. Como han señalado muchas voces, eso probablemente exige en lo inmediato una acción más valiente para detener al agresor injusto. De hecho, recuerda el Papa Francisco, “es un derecho de la humanidad, pero también es un derecho del agresor, ser detenido para no hacer el mal”. Y habrá que empezar a hablar del derecho al retorno por parte de los refugiados.

Sin embargo, para que cualquier iniciativa puede tener alguna posibilidad de éxito, es absolutamente prioritario dar vida a una especie de “plan Marshall” que garantice la posibilidad de elegir entre quedarse o regresar; exactamente igual que sucedió en Europa al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando un continente en ruinas encontró en pocos años el camino para renacer de sus cenizas. El enorme poder que la tecnología nos otorga lleva consigo una preocupante capacidad destructiva, que Oriente Medio experimenta hoy amargamente. Pero también ofrece la posibilidad de invertir situaciones que parecen irremediablemente comprometidas. Porque, como escribe el Papa Francisco en la Laudato Si’, “el Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común”.

Matrimonio y fe: una relación que hay que repensar »

imageReproducimos la entrevista de Luciano Moia, concedida por el cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán, publicado en Paginas digital

En cierto modo, la Iglesia de Milán ya ha dado una respuesta “sinodal” al crear la Oficina diocesana para la acogida de los esposos en crisis, que entró en funcionamiento hace unos días, y que responde al llamamiento del Papa a propósito de la necesidad de abrirse, con espíritu de renovada fraternidad, a las urgencias de las parejas “en riesgo de explosión”. “Es una tarea dura, pero Francisco ha invitado a los obispos a hacerse cargo de las familias heridas. Y nosotros estamos en ello”, señala el cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán.

Eminencia, ¿qué podemos esperar concretamente del próximo Sínodo?

Me parece oportuno señalar la naturaleza de la asamblea sinodal. No es un lugar de decisión, sino un ámbito de puesta en común, de comunión entre obispos de las iglesias del mundo entero a las que el Papa pide consejo sobre temas especialmente urgentes para la vida de la Iglesia. En este sentido no hay que esperar del sínodo “decisiones” –estas, si las hay, las tomará el Papa–, pero sí un renovado ímpetu misionero. Lamentablemente, la super-exposición mediática de este año ha hecho muy difícil entrar en el fondo de la cuestión. El Santo Padre ha convocado la asamblea del Sínodo para reflexionar sobre la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. La Iglesia siente la necesidad de profundizar, con renovado vigor, en la belleza universal del designio de Dios sobre matrimonio y familia.

En estos días ha empezado a funcionar una nueva oficina diocesana para acoger a las personas cuyo matrimonio está en crisis. ¿Es un compromiso más “jurídico” en sentido amplio o más pastoral?

Esta nueva oficina trabajará en estrecha colaboración con la pastoral familiar, los consultores familiares y el tribunal diocesano, y por tanto podrá encontrar la ayuda necesaria para desarrollar su tarea, que es pastoral en sentido integral. Aunque el trabajo será duro, la creación de esta oficina quiere dar una respuesta concreta a la invitación que el Santo Padre ha dirigido a los obispos a hacerse cargo directamente de las familias heridas.

Recientemente, usted ha propuesto retomar con determinación la teología del matrimonio.

Esta propuesta pretende subrayar la necesidad de retomar con decisión la teología y la reflexión canónica sobre el matrimonio a partir de su naturaleza sacramental. En este contexto, la pregunta sobre la fe adquiere toda su importancia. Si por una parte está fuera de toda duda que nadie puede arrogarse el derecho a medir la fe de los demás, por otra la fe siempre tiene una dimensión de comunión eclesial. Esta, según ciertas condiciones respetuosas con la conciencia, puede permitir verificar si los contrayentes pretenden hacer lo que hace la Iglesia.

Hablemos de las parejas que conviven. ¿Es correcto, como sugiere el Instrumentum laboris, mostrar “aprecio y amistad” hacia ellos, reconociendo “elementos de coherencia con el designio de la creación de Dios”?

Como siempre en estos casos, la gran tentación es generalizar. La sabiduría de la Iglesia, en cambio, siempre ha acompañado a la persona en su camino particular. Hay casos en que una convivencia está abierta al sacramento y en otras aún no es así. De cualquier modo, los recientes debates han puesto en evidencia lo que yo considero la urgencia principal de la que el sínodo deberá ocuparse necesariamente: la reflexión sobre el matrimonio, sedimentada a lo largo de los siglos, pide ser repensada. Muchas veces está hecha de yuxtaposiciones que minan la unidad y la sencillez.

¿Cómo puede desarrollarse esta reflexión?

Hay que profundizar en el nexo fe-matrimonio, el significado de la naturaleza sacramental del matrimonio, y por qué no puede reducirse a una suerte de “contrato natural”. Si así fuera, sería el resultado de la pura voluntad de los contrayentes.

A propósito de esto, ¿no habría que valorar también el miedo creciente a casarse por parte de los jóvenes? ¿No le parece que será necesario ir a la raíz de este malestar para delimitarlo?

Esta es una de las tareas fundamentales de la acción educativa. Los cristianos están llamados a testimoniar y a dar razón del amor “para siempre”, condición constitutiva de la naturaleza misma del amor. Un deseo que habita en el corazón de todos los hombres, de todo tiempo y lugar. El amor no es solo pasión, afecta a la persona entera, en su unidad de cuerpo-alma, de hombre-mujer, de individuo-comunidad, por citar las famosas polaridades a las que se refería Von Balthasar. El miedo será derrotado por el descubrimiento del buen amor. El que Jesús nos ha mostrado.

Estos meses se ha hablado mucho de misericordia, casi en contraposición a la verdad. ¿Son exigencias realmente distintas o es una simplificación mediática?

Cuando el Instrumentum laboris afirma que “la misericordia no quita nada a la verdad”, no hace más que volver a proponer lo que dijo Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Es una grave contradicción pensar que misericordia y verdad se oponen. Ciertos pasajes de la Lumen fidei, la primera encíclica del Papa Francisco, son de gran ayuda para comprender que la verdad se propone siempre a la libertad del hombre. Por eso la verdad viviente y personal que es Cristo mismo, mediante la misericordia, vuelve a poner continuamente al hombre en camino. Esto es el buen amor. Si el buen amor de aquel que nos llamó primero no nos donase la posibilidad de volver a empezar –pero digámoslo con palabras evangélicas–, si no nos moviera a la conversión, ¿qué misericordia sería?

Respecto a proyectos formativos “impuestos por la autoridad pública” en contraste con la visión humana y cristiana, el Instrumentum laboris confirma el derecho a la objeción de conciencia de los educadores. El pensamiento se va inmediatamente a proyectos inspirados en la llamada ideología de género. ¿Le parecen adecuadas estas indicaciones?

Es necesario insistir en que la educación es sobre todo tarea de las familias, eje de la sociedad civil. El Estado debe respetar este dato. Aun antes de entrar en el contenido de las propuestas educativas de las instituciones públicas, es importante subrayar que estas no pueden arrogarse competencias que van más allá de estar al servicio de la sociedad civil. En una sociedad democrática, la objeción de conciencia, cuya práctica debe ser cuidadosamente evaluada caso por caso, antes que un derecho es una garantía de libertad. Siempre es arriesgado pretender que los hombres sacrifiquen su conciencia. Esta sin duda es de la persona, pero tiene un valor social intrínseco.

Sobre los cursos de preparación al matrimonio, se aconseja una sinergia entre pastoral juvenil, familiar, catequesis, con la colaboración de movimientos y asociaciones. ¿Es adecuado el ámbito pastoral?

No es en primer lugar una cuestión de estructuras y programas, aunque es necesario. Lo importante, en mi opinión, es privilegiar la atención hacia los interlocutores reales de la acción pastoral. Hay que interceptarlos en los lugares y tiempos de su vida cotidiana, sin pretender llevarles “a otra parte” para darles la posibilidad de vivir o volver a empezar un camino de fe. El matrimonio y la familia son vías privilegiadas para descubrir la belleza y conveniencia de la fe en la vida diaria.

Camino penitencial para los divorciados vueltos a casar. Las opiniones son diversas y, en parte, divergentes. En su opinión, ¿cuál podría ser el camino oportuno?

La fórmula del Instrumentum laboris está articulada porque refleja la riqueza de contribuciones de los padres sinodales durante la asamblea extraordinaria del año pasado. Por lo que se refiere al llamado “camino penitencial”, ¿qué se entiende con esta expresión? ¿Un camino de conversión que implique una superación de la norma? ¿Una especie de “pena” para regular la propia situación? Como he dicho, es necesario seguir profundizando.

La tradición ortodoxa de la llamada “oikonomia” –condescendencia pastoral respecto a los matrimonios fracasados–, ¿podrá representar una oportunidad sobre la que reflexionar?

La teología y la praxis sacramental de las iglesias ortodoxas son muy distintas de la católica. Según la mayoría de los expertos en la materia, es al menos incorrecto hacer comparaciones. Además, la llamada “oikonomia” ni siquiera se contempla por los ortodoxos como un principio general, y mucho menos como una norma que pueda establecerse y aplicarse indistintamente a todos. En la tradición latina se habla de “epicheia”, que no es una excepción a la norma, sino la oportunidad de ir, en cada caso particular, hasta el fondo al principio de justicia que la norma propone.

A propósito de las familias en las que hay personas con tendencia homosexual, se solicita la formación de “proyectos pastorales diocesanos”. Una tarea nada fácil y que, al menos por lo que respecta a nuestras comunidades, constituye un camino por hacer. ¿Cuáles podrían ser las modalidades para seguir estas indicaciones?

He insistido muchas veces en el carácter insuperablemente personal de la diferencia sexual utilizando una expresión un poco técnica pero rigurosa: la sexualidad implica un “proceso de sexuación”. Con esta afirmación se quiere hacer referencia al camino que cada hombre y cada mujer –heterosexual u homosexual– debe hacer necesariamente a lo largo de toda su vida para descubrir la verdad objetiva de la diferencia sexual.

Un bien común llamado clima »

imagede Angelo Card. Scola,
Arzobispo de Milán

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En el curso de unas décadas el clima ha cambiado. A la mayoría, esta observación le parece hasta tal punto obvia que no necesita demostración. El de los negacionistas parece ser ya un grupo cada vez más reducido, pero con el que es bueno mantener cierta confrontación.

Todos los días conocemos por los periódicos que se intensifican los llamados “desastres naturales” (tifones, huracanes, inundaciones…), la reducción de los glaciares, de los bosques y de los cultivos, la elevación del nivel de los mares y la consiguiente erosión de las costas, el avance de los desiertos, el deterioro de los suelos… En todo caso, una cosa es cierta: los que pagan la cuenta más elevada son los países de renta medio-baja, cuyas poblaciones se ven obligadas a emigrar. Desde hace años, en las regiones subsaharianas se produce un éxodo de proporciones cada vez más amplias.

Según los expertos, los cambios climáticos también se traducen en condiciones de vida cada vez más precarias para los pequeños productores agrícolas y para las familias rurales indígenas. Pero precisamente son ellos la “espina dorsal” de la producción agrícola y agroalimentaria en los países de renta medio-baja. Por tanto, si por un lado son los actores clave de la lucha contra el hambre, por otro constituyen en cambio los grupos sociales más marginales y vulnerables, con menor acceso a los servicios esenciales de salud y educación, y con menor “voz” política, por su dispersión territorial y su lejanía, también geográfica, respecto a los centros de poder político. Todavía hoy, la gran parte de la pobreza extrema se concentra en las zonas rurales. Además, no es difícil encontrar en los procesos masivos de urbanización, con la ampliación de las periferias en las megalópolis, el efecto directo del abandono de los campos, por necesidad o por desesperación.

¿Qué respuestas dar ante estos problemas? La palabra “respuesta” tiene la misma raíz que “responsabilidad”. Y la responsabilidad, como insistentemente recuerda el Papa Francisco en su última encíclica, es siempre tanto comunitaria –hasta los más grandes y altos niveles sociales y políticos– como personal –hasta tocar a cada uno de nosotros, incidiendo en nuestros estilos de vida diaria–. “El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana” (Papa Francisco, Laudato si’, 23).

Es deseable que la “Conferencia de las Partes sobre cambio climático” (COP21), que se celebrará en diciembre en París, pueda favorecer pasos significativos hacia adelante en este sentido.

A nivel global, el desafío del cambio climático ha llevado, según los expertos, a identificar dos tipos de políticas: políticas de “mitigación” y políticas de “adaptación”.

Las políticas de mitigación tienden a reducir esa componente del cambio climático imputable a los comportamientos humanos. Se trata, sustancialmente, de limitar las emisiones de gases de efecto invernadero tanto en el frente tecnológico-productivo (fuentes de energía “verde”, procesos productivos de baja intensidad energética, etcétera) como en el frente de los comportamientos individuales y sociales (reducción de los residuos y del excesivo consumo energético). En la práctica, hay que identificar y aplicar oportunas soluciones tecnológicas, junto a políticas que lleven a comportamientos individuales y sociales apropiados (por ejemplo, mediante regulaciones ambientales y formas impositivas innovadoras). Se pide una profunda acción educativa orientada a introducir nuevos estilos de vida. Aunque sea necesario, de hecho indispensable, eso nunca bastará por sí solo para sustituir ese cambio (la Laudato Si’ habla además de conversión) de mentalidad y de comportamiento al que, sobre todo los noroccidentales, se nos reclama urgentemente.

Las políticas de adaptación, en cambio, tienen el objetivo de reducir al mínimo los costes económicos, sociales y ambientales del cambio climático que ya se ha producido y que sería razonable esperar para el futuro, puesto que, incluso en las perspectivas más halagüeñas, las políticas de mitigación podrán tal vez ralentizarlo, pero no eliminarlo. Las políticas de adaptación son especialmente esenciales en las zonas rurales de los países con más riesgo. En este contexto, toda la estrategia de desarrollo rural necesita un replanteamiento en términos de posibilidades reales de permanencia de las poblaciones locales en sus territorios. Sabemos que estas poblaciones tienen un intenso vínculo espiritual, cultural, social y económico con su tierra. Para ellos, “la tierra es vida”, literalmente. Pero para reducir los riesgos y contener las pérdidas asociadas a los acontecimientos climáticos extremos no basta con soluciones tecnológicas o procedimientos reguladores. Hace falta una respuesta a otros niveles, hecha “a la medida” de las exigencias locales, para que las poblaciones no se vean obligadas a emigrar.

Existe por tanto una notable diferencia entre las dos tipologías de políticas planteadas por los expertos, tanto en su naturaleza como en la predisposición para hacerse cargo de parte de los actores responsables. Las políticas de mitigación requieren de inversiones que normalmente activan nuevos sectores productivos, realizando nuevos bienes de consumo. En definitiva, también a corto plazo, crean negocio.

En cambio, las políticas de adaptación comportan inversiones inmediatas que solo producirán beneficios futuros… y beneficios no monetarios, que se manifestarán bajo la forma de costes evitados. Por tanto, ningún o muy poco negocio. La importancia de estas políticas a nivel local no parece que se reconozca, a juzgar por los datos de los que disponemos. Casi el 80% de los fondos vinculados al cambio climático se destinan de hecho a proyectos de mitigación mediante nuevas tecnologías energéticas, mientras que para los proyectos de adaptación climática –tan esenciales para la seguridad alimentaria del planeta y para la lucha contra la pobreza– solo quedan las migajas.

Una ecología integral »

imagede Angelo Card. Scola,
Arzobispo de Milán

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Una invitación decidida

Puede parecer paradójico, pero para hablar de la ecología, el Papa, con esta encíclica, nos llama a la conversión, es decir, nos llama a reconocer quiénes somos verdaderamente para que comprendamos de forma adecuada las circunstancias históricas en que la Providencia nos sitúa y se abra un camino para nuestra libertad personal y el bien de la vida en común. No acoger la llamada a la conversión presente en esta encíclica supondrá inexorablemente eludir su recepción.

¿Cuál es entonces esa verdad de nosotros mismos que estamos llamados a reconocer para poder cuidar verdaderamente la casa común? El hombre es plenamente él mismo solo cuando está en relación: consigo mismo, con los demás, con todo lo creado y con Dios.

Siguiendo la estela de lo propuesto hasta ahora por sus predecesores –no en vano Francisco empieza retomando el magisterio de san Juan XXIII, del beato Pablo VI, de san Juan Pablo II y de Benedicto XVI (las referencias a estos dos últimos pontífices son muy numerosas a lo largo de todo el texto)– el Papa ha querido ofrecernos un acto demagisterio social (n. 15), expresión de la sabiduría de la fe cristiana, acerca de lo que repetidamente define como ecología integral. Este magisterio del Papa no solo se dirige a los cristianos, sino «a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar» (n. 13).

Conversión a una ecología integral: así podríamos expresar sintéticamente la enseñanza pontificia de la encíclica Laudato si’.

Una mirada al presente

El sumario completo y objetivo incluido en el primer capítulo –“Lo que le está pasando a nuestra casa” (nn. 17-62)– hace evidente para todos la necesidad de un cambio. La contaminación y el cambio climático, la cuestión del agua, el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación social, la desigualdad planetaria, la debilidad de las relaciones… Discurriendo por cada uno de estos temas, el Papa propone un enfoque integral, capaz de ver tanto el nexo objetivo entre degradación ambiental, pobreza, cultura del descarte y predominio de la tecnocracia, como la responsabilidad de las próximas generaciones. Una mirada integral precisamente porque la cuestión ambiental afecta al hombre y a la sociedad, al espacio y al tiempo. De hecho, «un verdadero planteamiento ecológico se convierte siempre en un planteamiento social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (n. 49). La descripción del Papa no oculta que «sobre muchas cuestiones concretas la Iglesia no tiene por qué proponer una palabra definitiva» y, al mismo tiempo, afirma de viva voz que si, por una parte, «hay un gran deterioro de nuestra casa común», por otra «siempre hay una salida, siempre podemos reorientar el rumbo» (n. 61).

El Evangelio de la creación

A la hora de favorecer este cambio de ruta nos impulsará el anuncio del “Evangelio de la creación” (nn. 62-100). A todos los que acusan a la fe cristiana de favorecer una actitud depredadora de lo creado, el Papa responde con extrema claridad que precisamente la incomprensión de la fe bíblica en el Dios creador es lo que ha conducido a un antropocentrismo exasperado. De hecho, la fe nos hace reconocer que «no somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada» (n. 67). Al mismo tiempo, la revelación nos ha permitido desmitificar la naturaleza y reconocer tanto el valor de toda criatura (sin ceder a biocentrismos indebidos, cf. n. 118), como la novedad específica del ser humano (n. 81). La fe, que desde Dios creador nos conduce hasta la “recapitulación” final de todos y de todo en Jesucristo Resucitado (cf. 99-100), abre nuestra mirada a reconocer la comunión universal con todos los seres humanos y con todo lo creado. Y encuentra su expresión paradigmática en el destino común y universal de todos los bienes.

Una crítica necesaria

¿Cuál es la “Raíz humana de la crisis ecológica” (nn. 100-136)? El tercer capítulo de la encíclica entra con decisión en lo que podemos llamar “el desafío antropológico” de nuestro tiempo. Se trata de superar el paradigma tecnocrácito, hoy dominante tanto en política como en economía. Obviamente, no se trata de una crítica al progreso tecnológico: «El problema fundamental es otro más profundo todavía: el modo como la humanidad de hecho ha asumido la tecnología y su desarrollo junto con un paradigma homogéneo y unidimensional» (n. 106). Un paradigma que, precisamente, no es integral. O, en otras palabras, un paradigma que tiende a reducir todo lo que no sea el yo individual a objeto sometido al propio dominio. De este modo se propaga un reduccionismo individualista y un relativismo práctico, incapaces de una mirada integral a la realidad, que llevan a «perder el sentido de la totalidad, de las relaciones que existen entre las cosas, del horizonte amplio, que se vuelve irrelevante» (n. 110). Por eso el Papa Francisco, en clara continuidad con la insistencia de Benedicto XVI sobre la necesidad de ampliar la razón, invita a «volver a ampliar la mirada» (n. 112). El carácter esencial de las relaciones y el primado del trabajo son dos factores fundamentales para favorecer la reformulación del paradigma tecnocrático en clave deecología integral.

La propuesta: una ecología integral

El capítulo cuarto –“Una ecología integral” (nn. 137-162)– explicita en positivo la amplitud de la enseñanza pontificia. A partir del reconocimiento de las relaciones constitutivas de la vida humana –con uno mismo, con los demás, con lo creado y con Dios– es posible afirmar con claridad que «no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental» (n. 139). Tal mirada unitaria hace presente «la necesidad imperiosa del humanismo» (n. 141). Solo esta visión humanista permite una ecología integral capaz de mantener unidas las cuestiones ambientales y las socio-económicas, las políticas y las expresiones culturales, las dimensiones “macro” y las “micro” de la convivencia social. Y todo ello en la óptica del bien común que hoy «se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres» (n. 158) – e «incorpora también a las generaciones futuras» (n. 159).

Un camino para todos

Como siempre en el magisterio social de la Iglesia, dirigido a todos los hombres de buena voluntad, el Papa en el quinto capítulo sugiere “Algunas líneas de orientación y acción” (nn. 163-201). Se trata de «delinear grandes caminos de diálogo» (n. 163) y de hacerlo –el Papa no se cansa de repetirlo– de manera integral: en el ámbito internacional, nacional y local –con realismo se identifica el ámbito local como la instancia que puede marcar la diferencia–, y en el ámbito de los procesos de toma de decisiones que deben ser transparentes y fruto del diálogo de todos los sujetos implicados… Caminos de diálogo que están llamados a transformar la política y la economía (n. 189). A este respecto resulta decisiva la insistencia del Papa sobre la necesidad de «evitar una concepción mágica del mercado» (n. 190). De hecho, el mercado, las finanzas, la economía no son “hechos de naturaleza”, sino “de cultura” y, en cuanto tales, ámbitos de libertad y responsabilidad, es decir, ámbitos éticos. Todo esto debe llevar, además, a «redefinir el progreso» (n. 194).

La necesidad de la educación

“Educación y espiritualidad ecológica” (nn. 202-246) es el título del último capítulo. Como buen pedagogo, el Papa es bien consciente, en primer lugar, del hecho de que «no hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos» (n. 205). Además, él sabe que «la existencia de leyes y normas no es suficiente a largo plazo para limitar los malos comportamientos» (n. 211). De hecho, hablar de conversión a una ecología integral pone sobre el tapete la libertad y la responsabilidad de cada uno (ámbito personal) y de todos juntos (ámbito comunitario y social). La conversión a una ecología integral «rompiendo la conciencia aislada y la autorreferencialidad» requiere, por tanto, un cambio en los estilos de vida (n. 208). Requiere, además, que los ámbitos educativos fundamentales –familia y comunidad cristiana in primis– favorezcan nuevos hábitos y sólidas virtudes, basadas en la gratuidad y la gratitud, la conciencia amorosa de no estar separados de las demás criaturas, la creatividad responsable, la sobriedad y la humildad (nn. 220-224). A todo esto, nosotros los cristianos somos educados en la vida cotidiana de la Iglesia cuyo ritmo marcan las celebraciones sacramentales y, de forma totalmente particular, la Eucaristía dominical (nn. 233-237).

Todo está conectado

La enseñanza del Papa Francisco en esta segunda encíclica –que constituye un valioso instrumento para reflexionar también sobre los temas de la Exposición Universal 2015 de Milán– ilumina la necesidad, a la hora de anunciar el Evangelio en nuestro tiempo, de mostrar todas las implicaciones antropológicas, sociales y cosmológicas de los misterios cristianos. De hecho, el Papa, proponiendo una conversión a una ecología integral, invita a asumir «en la propia existencia ese dinamismo trinitario que Dios ha impreso en ella desde su creación. Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad» (n. 240).